5. junio 2026
MORANTE Y EL GOBIERNO DE LA EMOCIÓN
Tres tardes para recordar por qué amamos esto

Hay tardes de triunfo.
Hay tardes de estadísticas.
Y luego están esas tardes que nos recuerdan por qué un día nos enamoramos del toreo.
Entre Jerez, Aranjuez y Sevilla no hemos asistido únicamente a tres actuaciones de Morante de la Puebla.
Hemos asistido a tres maneras distintas de entender el arte.
Tres capítulos de una misma obra.
Tres estaciones de un viaje que terminó atravesando la Puerta del Príncipe, pero que en realidad comenzó mucho antes.
Porque la historia no empezó en Sevilla.
La historia empezó en Jerez.
JEREZ: EL ARTE DE RECORDAR
Jerez olía a reencuentro.
Morante regresaba.
La expectación era inmensa.
Pero más allá de los titulares y de la Puerta Grande conseguida aquella tarde, hubo algo que llamó poderosamente la atención.
La sensación de que el tiempo podía volver atrás.
Cada lance parecía rescatado de otra época.
Las verónicas tuvieron ese sabor antiguo que no se aprende en los manuales.
Los quites parecían inspirados en fotografías sepia.
Y el toreo volvió a sonar como una conversación entre generaciones.
No fue una tarde de cantidad.
Fue una tarde de memoria.
De esas que hacen que los aficionados más veteranos sonrían en silencio porque reconocen cosas que creían perdidas.
Aquella tarde el artista había regresado.

ARANJUEZ: EL ARTE DE SABER
Si Jerez fue inspiración, Aranjuez fue conocimiento.
Porque hay toreros capaces de emocionar.
Y hay toreros capaces de explicar la historia del toreo sin pronunciar una sola palabra.
Morante pertenece a los segundos.
Mientras sonaba el Concierto de Aranjuez y la plaza contenía la respiración, el sevillano fue construyendo una lección magistral de técnica, colocación y dominio.
Cada muletazo parecía conectado con un capítulo distinto de la tauromaquia.
Belmonte.
Chicuelo.
Pepe Luis.
Ordóñez.
La escuela sevillana.
La escuela rondeña.
Todo aparecía y desaparecía en una misma faena.
Como si la historia completa del toreo hubiera decidido reunirse durante unos minutos en la arena.
Aquella tarde no vimos únicamente a un torero.
Vimos a un hombre que conoce profundamente el idioma que habla.
Y por eso puede permitirse escribir poesía con él.

SEVILLA: EL ARTE DE SENTIR
Y entonces llegó Sevilla.
Llegó el Corpus.
Llegó la Maestranza.
Y llegó algo que difícilmente puede describirse desde una crónica.
Porque ayer, en la plaza, había una sensación distinta.
No era únicamente expectación.
Era deseo.
El deseo de ver a Morante conquistar la Puerta del Príncipe.
El deseo de verlo triunfar en su plaza.
En su ciudad.
Ante su gente.
Y quizá por eso ocurrió algo especial.
Los toros no fueron los soñados.
No fueron esos toros armónicos, largos de cuello y perfectamente hechos que Sevilla acostumbra a exigir.
Pero dio igual.
Porque Morante decidió que aquella tarde no iba a depender de los toros.
Iba a depender de él.
Y entonces comenzó a construir belleza.
Pase a pase.
Despacio.
Muy despacio.
Con esa lentitud que sólo poseen quienes no tienen necesidad de demostrar nada.
Desde el tendido ocurría algo curioso.
No parecía que estuviera dando muletazos.
Parecía que estuviera componiendo imágenes.

Carteles.
Uno detrás de otro.
Cada cite.
Cada embroque.
Cada remate.
Cada pase de pecho.
Cada natural.
Todo terminaba convertido en una estampa.
En una fotografía imposible.
En una de esas imágenes que hacen que el aficionado mire al de al lado y sonría sin necesidad de hablar.
Porque ambos saben que están viendo algo extraordinario.
Y entonces apareció la palabra más hermosa del toreo.
La reunión.
Ese instante mágico en el que toro y torero dejan de ser dos figuras distintas para convertirse en una sola composición.
Una única obra.
Una única emoción.
Ayer hubo reunión por todas partes.
Y cuando eso sucede, el tiempo deja de correr.
La plaza deja de respirar.
Y el arte aparece.
Por eso la Puerta del Príncipe fue importante.
Pero no fue lo más importante.
Lo más importante fue que Sevilla volvió a emocionarse.
MÁS ALLÁ DE LOS TROFEOS
Jerez nos recordó.
Aranjuez nos enseñó.
Sevilla nos emocionó.
Tres tardes.
Tres triunfos.
Tres maneras distintas de entender el toreo.
Y una misma conclusión.
Morante no está viviendo únicamente una gran temporada.
Está protagonizando uno de esos momentos que terminan formando parte de la memoria colectiva de la tauromaquia.
Porque cuando un torero consigue que miles de personas acudan a una plaza esperando sentir algo que no saben explicar…
ya no estamos hablando de estadísticas.
Estamos hablando de arte.
Y el arte, como siempre hemos defendido en esta casa, no se explica.
Se espera.
Morantier’s
El Arte No Se Explica, Se Espera.




