20. abril 2026
Morante de la Puebla y el misterio del toreo: una faena que dejó huella en Sevilla
Cuando pensábamos que la faena del pasado Domingo de Resurrección había sido el punto de inflexión definitivo, que había silenciado a los críticos y devuelto a Morante de la Puebla al lugar que le corresponde, va Morante… y hace esto.
Lo que ocurrió el 16 de abril en Sevilla no fue una confirmación.
Fue una superación.
Una de esas tardes en las que el toreo deja de medirse en términos habituales y entra en otro terreno, más difícil de definir… y más difícil aún de repetir.
Hay faenas que se anuncian.
Y otras que aparecen.
La del pasado 16 de abril en la Real Maestranza de Sevilla pertenece a las segundas.
Y en el centro de todo, una vez más, Morante.
No fue una faena de estruendo.
Fue algo más complejo: una faena de poso, de las que crecen con el paso de las horas.
Porque si el Domingo de Resurrección había sido la respuesta,
lo del jueves fue la afirmación definitiva.
Hay tardes que no se explican.
Se quedan.
El cuarto toro: una obra sin trofeos que quedó en Sevilla
Cuando aún estaba reciente lo del Domingo de Resurrección, cuando parecía que Morante de la Puebla había dado una respuesta suficiente a todo lo que se había dicho sobre su reaparición, llegó el cuarto toro del 16 de abril en la Maestranza.
Y lo que ocurrió no fue una confirmación.
Fue algo más difícil de explicar.
El capote: el inicio de una obra distinta
Morante no se limitó a recibir al toro.
Desde el primer momento desplegó un capote lleno de intención, recibió al toro a una mano, esperando sus embestidas lo paso una y otra vez a una mano, continuó con verónicas templadas, ganando terreno, marcando un compás que ya anunciaba que la lidia no iba a ser una más.

No hubo prisa.
Cada lance tenía un sentido dentro de una construcción que empezaba ahí, no en la muleta.
El gesto: banderillas para la historia
El momento que cambió la tarde llegó en el segundo tercio.
Morante tomó los palos.
No era un gesto habitual.
Y menos en Sevilla.
El primer par fue de ajuste.
El segundo, rotundo: reunido, en la cara del toro, ganando la salida con limpieza.
La plaza ya estaba dentro.
Pero quedaba lo inesperado.
Colocó una silla en el ruedo.
Se sentó.
Y citó al toro desde ahí.
El cite, la reunión, la forma de resolver el momento… todo ocurrió con una naturalidad que desató la locura en el tendido.
No era solo espectacularidad.
Era una forma de dominio que conectaba con otra época, con otro concepto del toreo.



La muleta: continuidad y profundidad
Lejos de romperse tras ese momento, la faena mantuvo coherencia.
Morante comenzó con suavidad, asentándose, midiendo. El toro, con transmisión, permitió que la faena creciera desde el temple.
No fue una faena larga.
Fue una faena intensa.
Al natural llegaron los momentos de mayor profundidad, con muletazos largos, ligados, llevados hasta el final, imponiendo un ritmo que sometía la embestida sin violencia.
Todo tenía sentido porque todo venía de atrás.
Desde el capote.
Desde las banderillas.
La espada: el premio que no llegó
Y entonces llegó el único punto que impidió que la tarde se tradujera en dos orejas y rabo.
Morante pinchó, y en el segundo intento dejó una media estocada, fue suficiente para que el rabo se escapara.
Pero a esas alturas…¿qué importaba?



Sevilla: cuando el reconocimiento no necesita premio
La Maestranza lo había entendido.
No hubo frustración.
No hubo reproche.
Hubo algo distinto.
Morante dio dos vueltas al ruedo, reconocidas, sentidas. Y al final de la tarde, los más jóvenes lo sacaron a hombros por la puerta principal, en una imagen que decía mucho más que cualquier trofeo.
Porque Sevilla no siempre concede.
Pero cuando sueña…
no necesita premios.

En Resumen
Si el Domingo de Resurrección había sido el aviso,
lo del 16 de abril fue otra cosa.
No una faena de trofeos, fue una faena para la historia.
De las que no se miden en orejas,
sino en lo que dejan.
Y lo que dejó Morante esa tarde en Sevilla
no necesitó confirmación.
Morante ha vuelto …aún mejor
Morantier’s
El arte no se explica. Se espera.




